Te tengo delante de mi, me miras, nos miramos... Y tú, con ese rostro sereno e indiferente ante mis miles de heridas tanto físicas como mentales, ni te inmutas, ni te despides, ni te preocupas... Tan sólo te marchas, te giras y te vas, desapareciendo ante mis ojos, los cuales llenos de lágrimas te suplican que vuelvas. Intento gritar, intento gritar todo lo posible, pero mi garganta no quiere dar su apoyo, no sale ningún sonido por mucho que intente gritar.
Te pierdo y no sé qué hacer... Ahí me hallo, tirada en el suelo, observando como ya una mera silueta desaparece ante mi.
Algo en mi pecho se rompe, suena como si un vaso de cristal se hubiese roto dentro de mi. Y duele, demasiado, no lo soporto. Me paso horas y días recordando esa imagen tuya desapareciendo, aguantando ese dolor que aún permanece y ese vacío que empieza a pesar sobre mi cada vez más.
¿Y qué puedo hacer? Nada, absolutamente nada. Me siento inútil y esa imagen me tortura demasiado.
Quiero volver a tenerte, quiero que vuelvas y sanes mi corazón, que pases tus días conmigo sin volver a marcharte, pero es demasiado obvio que eso no va a pasar... Te vas y no vuelves.
Jamás pensé que nos tendríamos que despedir... Bueno, realmente no nos hemos despedido, simplemente... Te has ido.
Y ahora, ¿qué hago yo sin ti?